De eso se trata



Un muro que rodea algo, o alguien (¿tal vez a mí?). Sombras oscuras que se proyectan sobre las piedras pero también un árbol (o dos) y una tierra fértil que ancla, nutre, deja crecer. Pocos elementos. Y la luz. Ya no hay oscuridad cuando la sombra nace de la luz y del árbol. Ya no hay armadura en las piedras que se funden con las nubes.
Un muro, un árbol (o dos), la sombra, la tierra. Y la luz.
Pocos elementos.
Tan simple.
Tan complejo.
(La vida misma).
De eso se trata.

Esto recién empieza

A Pancho, extrañándolo.
(La foto se la saqué allá por el dos mil, en alguna playa solitaria de Península Valdés. Y el que sigue es un extracto de un mail que me escribió unos años más tarde, en agosto del 2002, durante su estadía como residente en Alemania).

Hoy salí antes del hospi. Me prestó la secretaria de mi jefe su superlaptop y me senté a escribir. Mando este delirio, este manojo de sueños bien mezcladitos.

(No se copan los alemanes para tomar mate, y agarro el teclado y lo hago de goma)

Me clavé un par de noches solo, han hecho bien. Como si después que algo se siembra, le llueve encima y todo se queda quietito, esperando el primer brote, de un verde hasta medio pálido. Pero fresco y puro sale lo que la semilla manda, y las circunstancias únicamente deben conformarse con modelarlo un poco.

Me acompañó en la aventura mi viejo compañero, ese de tintes rojizos, un tanto seductoramente diabólicos. Una noche increíble se dejaba ver a través del fondo de mi aguantador vaso; cada vez que éste pedía otra batalla, se teñían las estrellas de sangre.

No sabés qué lindo y qué difícil y punzante es para mí estar lejos del pago. Lo más sabroso es, sin duda, el hecho de saber de dónde uno es, de que a uno lo quieren y quiere con más ganas que nunca. En medio de la inmedible extrañada se siente cada tanto un perfume que me dice "ssshhhhssshhhh", como se le dice a los caballos de lomo nuevito. Ese sonido que viene desde muy adentro me hace tranquilizar, llega como una caricia en medio de un grito desesperado. Nadie lo puso sino que se fue armando a través del paso del tiempo, es lo vivido, lo que uno sabe que le gusta, es lo que hace calmar la tormenta. Saber lo que uno quiere da esa seguridad tan añorada en los momentos de ceguera.

Me salió muy fuerte preguntarme: ¿Qué carajo hago acá? En vez de buscar una respuesta concreta (pocas cosas la tienen), paré un poco la pelota y miré un poco la situación. Tuve de alguna manera una vida tan poco clásica, tan alejada de los Ingalls, que ahora el hecho de estar acá es tan solo un capítulo mas. ¿Por qué duele tanto? Y será porque se quiere mucho; pero, no es malo querer, ¿no? Es alejarse de lo conquistado para salir de nuevo a la cancha.

En un mundo de teorías, lo fantástico que tiene planear un poco, es que se las desafía como si no existieran. Se siente, uno, bien libre.

La cuestión es que esto no deja de ser una oportunidad increíble para aprender un poco más de algo que esta bien (asi debería ser levantarse a la mañana). Para mi es ciencia, está bien pero está tan lejos de la magia. Es posible que todo ese vino, lo que quiso es tapar la injusticia de no dejarme ver un glorioso amanecer con mi gente, por un puñado de cositas nuevas que aquí aprendo. Las cosas en Alemania sí son fascinantes, un sistema que funciona como un reloj, hace todo, aunque un tanto aburrido. Te impacta como algo que funciona. Y en algunas cosas, cuando algo funciona, hay menos injusticias. Una cultura diferente te desafía a que, día a día, la vayas descubriendo. No te deja caer cómodo, te pide atención o si no, te quedás afuera.

La cabeza me planea grande; somos presos, de alguna manera, de nuestra libertad. Es fantástico pero cansador. Pero si no estuviese, me muero, le quitaría todo sabor, como día a día que uno se plantea de lo grande a lo chiquito. La cabeza, para dar vueltas, no pide permiso a nadie.

Es grande lo que nace en uno al caminar un poco por la calle mirando. Cuando uno ve a un chico y a su papá, no sabés cual tiene más cara de chico. Sobre todo frente a un titiritero. Es un clásico: todos los dueños se parecen a su perro.

Armando cuentos, lo más intrascendental te invade todos los días y te hace pasar por todo un montón de situaciones tan ridículas que hasta abrazan. En un minuto se me viene a la cabeza: si la caliente es la izquierda o la derecha, lo mismo pero para atornillar, ¿cual es la puta diferencia entre la llave inglesa y la francesa?, ¿por qué siempre me olvido de devolver el video?, si agrandar o no el combo, si tirar o no el boletín de 3ro, si te alcanza o no para pasar (o no) al camión, si llamar o esperar a que te llame, si primero es con S y después con C, qué groso los superheroes, el pozo del quini y siempre el gatillo del ¿Que Harias?, las llaves, chori o paty, si justificar o aceptar, si respetar o pisotear, si pasarla o creerse el Diego, querer o no querer con 24, guardarte un poco de coca o tomártela toda ahora, las caras en un bondi a la mañana y a la tarde, huirle a la lluvia o dejarla que moje, pizza o amor.

O de repente, mirando el techo con todos los músculos del cuerpo relajados, tirado en la cama, sin frio, sin calor, sin hambre, sin ganas de un pucho, simplemente ganas de que se pare el reloj por un momento, y que así, ese momento no dura sino que se queda, que el segundero deje de violar sin respeto y lleno de atropello, los ruidos no parecen existir, parece como que hasta no vemos con los ojos sino que sólo proyectamos con la cabeza lo que creemos que pensamos.

Cualquier cosa te hace retorcer el cerebro, tratando de escurrirlo para volver a ese momento que te hizo latir el groso, como nada más lo hace cuando algo importante pasa, tratar de traerlo lo mas nítido posible: la música y quién me ha robado el mes de abril, una Bossa Nova que relaje, que sangre el recuerdo con el tema de aquella noche, alguna Samba que te haga ver todo mas especial. Lo mismo con los lugares, con tocar algo, con un sabor, ¡con oler! De repente se te viene ese asadito, ¡Ay, ese Hijo de Puta! Núcleo de placeres nunca tan respetados como en el momento de añorarlos, lo que pasó anoche con los detalles para los amigos, todos los detalles, culo o tetas depende del espectador, donde estaría ahora si ... Como pidiéndole a la vida que sea uno de esos "Elige tu propia aventura", el "¡qué loco! ¿no? Uy cómo pasó el tiempo, rápido o despacio -una pregunta irrelevante-, que la posta es que pasa. Y no para.

Qué rica la morcilla fría con el pan fresquito y el primer trago de vino con el fueguito que chispea pidiendo que lo acuesten. Qué bueno, de alguna manera, compartir. En los momentos que no, qué bueno haber compartido. Aparece acá una iglesia más vieja que media docena de cabildos, un montón de tradiciones que, en vez de sentirlas como propias, abrazan fuerte como un cuento te agarra la atención en manos de los que saben contar.

El juego de seducción también sigue a pleno, mirar a tu jefe con cara de "está todo bien" y despues mirar a la secretaria con el mismo mensaje, pero de verdad. Esa camisa queridísima, ya no tan blanca, del buen algodón que hace que la piel grite gracias cuando te aterriza en los hombros. Seduce el buen scotch cuando entra con un poco de acid jazz, se apasiona la boca a merced del buen seviche, agradece la vida cuando el perfume de la mañana, propio o ajeno, entra como una flecha al laboratorio de la cabeza y como resultado, sale. Que venga entonces un buen desayuno. Y se busca. Se busca pasar una noche con un despertar de verdad, ya sea despertar en una nueva vida; con resoluciones; con más seguridades que miedos; con saber quién es esa persona que podemos mirar a los ojos y llamarla mi principio y mi final; con no tener miedo a saltar, ya que las piernas siempre dan.

Hay cosas que simplemente no se amanzan, perderían su magia. Nadie la tiene clara, es lo lindo, nadie tiene un talento para la vida. Simplemente cada tanto sale algo de adentro que te deja hacer una de lujo.

Evidentemente, cada vez que pienso adónde apuntar, las posibilidades parecen reirse del cuadro. Cuando la aguja apunta adonde el rojo late, el mundo, mi mundo me sienta en las rodillas y me dice "sonaste pibe, esto te gusta mucho".

Esto, esto recien empieza.

Pancho

(Stuttgart, 1º de agosto de 2002)


El aroma de la naranja (amarga)


Estoy parado en la esquina de Chile y Defensa. Aferrado al poste que sostiene los carteles, tratando de no caerme. Me siento desdoblado entre el hombre, y el niño de pantalones grises hasta la rodilla, que silba mientras espera que pasen los colectivos para cruzar la calle. Trato de recordar dónde vivía.
Sé que en algún lugar entre San Telmo y Montserrat, pero no me acuerdo en qué calle. Tampoco volví a preguntar. Tengo recuerdos vagos: el damero blanco y negro de la entrada al edificio, la puerta, tan alta que el buzón que decía "cartas" me quedaba por encima de la cabeza. Y el olor rancio de don Ignacio, siempre en la vereda. En su banquito de patas de aluminio y cuerina color sangre. Se sentaba con las piernas abiertas, y a mí me daba la impresión de que su enorme panza se iba a estrellar contra el piso. Hola, nene, me decía. Y sonreía exponiendo con orgullo sus encías rojas, inflamadas de tanto tabaco, desnudas salvo por tres o cuatro dientes. Aprendí pronto a no meterme en su radio de alcance; luego del saludo, su mano aterrizaba donde pudiera. Y la del 5º"C" le tenía terror.
Nuestro apartamento –1º"I", segundo bloque por escalera– daba al patio de portería. O de porquerías porque allí iban a parar todas las cosas que tiraban los vecinos. Una vez cayó un martillo del 4º"H", le pasó raspando a la cabeza del hijo del portero. Don Quintás alegó que estaba clavando el burlete y que se le escapó la herramienta, pero todo el mundo sabe que los burletes no se clavan.
Era un dos ambientes milagroso. No porque se apareciera la Virgen, o mi madre fuera a sonreir. Milagroso porque un día mi padre trajo un biombo, lo puso a un metro de donde tenían su cama y dijo: ¡Ahora tenemos un dos ambientes! Ella dijo: Qué milagro, y siguió picando cebolla. Creo que mi padre era soñador, idealista, alegre. Mi madre, no. 
Un día de octubre, tal vez como hoy, yo estaba dibujando cuando apareció. Cosa rara porque nunca llegaba de trabajar antes del anochecer. Tenía la mirada desencajada, los ojos llorosos y muy hinchados. Sólo me dijo: Fermín, a tu padre lo detuvieron cuando iba camino a su trabajo, se lo llevaron. Tarde o temprano iba a suceder. Siempre con esas estupideces de la "lucha" y la "causa". No tengo idea de a dónde se lo llevaron y supongo que no va a volver. Nunca vuelven. Un día te van a agarrar y me vas a dejar sola con el chico, le decía yo. Y al final tuve razón. El muy idiota nos abandonó. No me preguntes qué vamos a hacer porque no lo sé. Es más, no me molestes con preguntas.
Se me incrustaron las uñas en las palmas cuando la vi desaparecer detrás del biombo. Sentí cómo su cuerpo caía, pleno, sobre la cama pero no escuché sus lágrimas. Así se quedó. Llamaron de su trabajo al día siguiente. Y al siguiente. Al tercero, dijeron que si no se presentaba a trabajar se podía considerar despedida. No me animé a decírselo, supongo que la despidieron. En esos días intenté que se levantara, que comiera algo (yo no sabía preparar más que salchichas) pero no quería nada. Antes de que se cumpliera una semana, apareció una mujer robusta, a quien yo jamás había visto, acompañada de un hombre. Se presentó como mi "tía Amanda", me dijo que la había llamado la del 1º"G" y me preguntó dónde estaba mi madre. Cuando señalé, el hombre se acomodó los anteojos y pidió permiso. Es doctor, se excusó la mujer. Nos sentamos, ella y yo, a esperar. Al rato salió el hombre y sólo dijo: Hay que internarla.
La tía Amanda me preguntó si me animaba a quedarme solo durante un par de horas, mientras ella acompañaba a mi madre y al doctor al hospital. Sí, le dije yo. No te muevas de acá que voy a venir a buscarte, dijo ella. Yo estaba sentado en el banquito, al lado de la puerta del baño. Y no me moví. En un momento me dieron muchas ganas de hacer pis. Escuchaba el agua correr de la canilla con el cuerito roto, y me dieron más ganas. Me hice pis encima. Pero no me moví. No sé cuántas horas tardó la tía, ya era de noche cuando volvió. Creo que se hizo la que no vio mi pantalón mojado, sólo me dijo: Tu mamá va a estar bien, pero se tiene que quedar un tiempito en el hospital. Vos te vas a venir a vivir conmigo a la isla, pero esta noche la vamos a pasar acá. ¿Por qué no te das un baño? Yo preparo algo de comer.
Le dije que no tenía mucho hambre y desaparecí en el baño. ¿La isla?, pensé. Yo sólo conocía la isla de Robinson Crusoe. Ahí tenía planeado escapar cuando fuera un poco más grande, pero en vez, terminé de pinche en Tribunales. ¿Cuándo vuelve mi mamá?, pregunté mientras los fideos se enfriaban en el plato. Va a tardar un poco en recuperarse, dijo la tía, pero vos no te preocupes. Te va a gustar dónde vivo, y yo soy buena, ya vas a ver.
Al día siguiente me hizo preparar un bolso con ropa y cosas favoritas. Era pequeño. Tomamos un colectivo hasta Constitución, nunca había visto tanta gente y me dio tanto miedo que no me despegué de doña Amanda. Esperamos un rato y tomamos el sesenta. Yo me senté junto a la ventana, veía pasar los coches, la gente, los barrios como si estuviera en el cine. Llegamos a Tigre y, por primera vez, me subí a un barco. Era el más grande que había visto de cerca y hacía tanto ruido que los pájaros salían volando.
Los pocos días se transformaron en varios años: mi madre nunca fue a buscarme. Doña Amanda era, tal cual me lo había anunciado, una buena mujer. Circulaban historias sobre ella: que había sido bellísima, pero le había pasado la vida. Que se había ido a vivir al Delta después de una historia de vergüenzas familiares, pero que nunca se había adaptado del todo. Y era evidente que no había podido tener hijos. En su casita de madera sobre el río, vivíamos los tres. Su marido se llamaba Tomás, pero él se presentaba como: "Tomás Juárez, valiente capitán de la "Forastero", la chata arenera más noble del Delta". Y todos lo conocían como el "Capi". Pasaba mucho tiempo embarcado con la excusa de que tenía que cargar arena de tal arroyo y llevarla a tal otro. Era un marino que nunca vio el océano. El río era su mar. Y cada muelle, un puerto. Y en cada puerto, un amor. Pero los muelles estaban cerca, y el río traía voces. Y aromas. No sólo de madreselvas, de otras madres también. Y los aromas llenaban de lágrimas los ojos de doña Amanda. Pero a pesar de su tristeza me cuidó bien, con enorme cariño, en una casa sencilla pero digna. Nunca faltaban naranjas en la batea de la cocina ni flores en el jarrón de la sala.
El verano en que cumplí catorce fue el verano de la peor sudestada. Y de Lucía. La primera vez que la ví estaba en la orilla del Espiga Negra, hacía señas desesperadas con los brazos. Me acerqué con el bote y la vi llorar como nunca había visto llorar a una mujer. Me perdí, logró decirme, creció el agua y me perdí.
El abuelo de Lucía había sido remero para el Ribereño. Cuando dejó de competir, no pudo abandonar su río y se compró una casa medio destruída, que fue arreglando con los años. Ella lo visitaba seguido porque le gustaba la libertad: andaba descalza, fumaba y se bañaba desnuda en el río. Era dos años mayor que yo. Y me enseñó.
Teníamos un ritual de primavera. Algunos domingos, cuando despertaba, encontraba en mi ventana un ramito de flores blancas. Yo me vestía rápido y salía hacia el monte con dos canastos y, en el bolsillo, la media de mujer que había robado alguna vez del cajón de doña Amanda. Lucía me esperaba en la cocina con la cacerola de cobre, limpia, azúcar y clavo de olor. Mientras ella fileteaba la cáscara, yo trozaba la pulpa y colocaba un poco, junto con las semillas, dentro de la media. Todo iba a parar a la cacerola, y esperábamos. Eran esperas de sudor en la piel y jadeos ahogados. Aunque el abuelo siempre pescaba los domingos, a mí de daba terror la idea de verlo en el umbral de la puerta. Lucía era salvaje y dulce a la vez, igual que las flores de azahar esparcidas bajo los naranjos.
Tengo dibujada la imagen acuosa de la última vez que la vi. Sería poco antes de las seis de la mañana de un río calmo. Mientras esperaba a la lancha colectiva en el muelle común, prendí un cigarrillo. Ella apareció entre la bruma, en camisón y descalza. ¿Te vas?, me preguntó. Sí. ¿Volvés? No sé. Acercó su cara, su cuerpo, y deslizó una bolsita de tela en mi mano. De esas que preparaba ella para aromatizar los cajones. Para que me pienses, dijo.
Hay aromas que nunca te olvidan, quedan impregnados en algún lugar. Y te hacen perder el equilibrio. Para mí es el de las naranjas amargas cociéndose a fuego lento sobre la piel de Lucía. O el del sudor mezclado con azúcar, de su cuello. O el clavo de olor en su ombligo.
O el de los azahares secos en bolsitas de tela, como los que lleva la vendedora ambulante que pasa a mi lado, en el preciso instante en el que estoy por cruzar Defensa.

Roces


El desvelo me cubre de hilos finitos, que rozan, me erizan. Prefiero salir. Una espina separa a la ciudad (y a mí) del océano. Mis pies se posan sobre el cemento, avanzan. Una a una, vértebra a vértebra, baldosa a baldosa. El viento helado me enciende la cara y busco refugio. "Praia Baleia" dice el cartel, voy hacia la de siempre. Al fondo, en el rincón, junto al ventanal, y a la salamandra.
Pido un café con leche: Gracias, digo cuando me lo traen. Tras el vidrio, la ausencia engulle mis ojos y no queda más que imaginar. Gaviotas y petreles durmiendo entre olas. Gigantes marinos bamboleándose (igual que yo), como no teniendo dónde ir. El silencio se vuelve blanco entre resoplidos y emanaciones. Y otra vez negro.
La mano. La pluma. La sangre se mezcla y la tinta cae. Manchones en la hoja en blanco dibujan una historia que comienza con una ruta que bordea el mar, y Wish You Were Here.
-¿A dónde me llevás? -le pregunté, como si me importara.
-Al Doradillo, tengo que ver si hay animales varados. ¿Te preparás unos mates? El termo está atrás. Y hay unas medialunas de La Anónima en una bolsa de papel.
Me solté un momento el cinturón de seguridad y busqué el mate, la bombilla y el termo dentro del estuche gris. Cargué la yerba y acaricié las manitos marcadas a fuego. Tapé la boca, lo di vuelta, sacudí y la puse de costado. Eché agua despacio, para mojar. Con cuidado, puse la bombilla y chupé. -El primero es del cebador -dije y me miró con ese gesto de nomeimporta que tanta gracia me hacía. Iba clareando, los únicos sonidos que se escuchaban eran la música de Pink Floyd y los golpeteos del ripio contra el chasis. Él no es de muchas palabras, menos en estas circunstancias. La música y los mates iban llenando.
-Ponete el cinturón y agarrate -dijo mientras doblaba primero a la derecha (hacia el mar) y luego enfilaba ladera abajo por el cerro Prismático. Es un instante, se contiene la respiración como quien va a saltar. A la izquierda, los acantilados parecen un ejército congelado en el momento previo al ataque. El mar lame sus pies, sus borceguíes, una burla, como niños haciendo morisquetas a la guardia real. El vértigo y, un momento después, la panza de la camioneta rebotaba sobre un colchón de arena. -¿Estás bien? -me preguntó. -Sí -dije- y si no fuera un lío, te pediría que lo hagamos otra vez.
-Ni que fuera la primera -dijo y largó un suspiro.
-Ni la última.
Avanzamos por la playa, en silencio. Él estaba muy concentrado haciendo su trabajo. Buscaba animales varados, esperando no encontrarlos. Es un misterio por qué ocurre. Una señal, una orden de quién sabe dónde y el animal nada, nada. Yo lo observaba. Su mano sobre la palanca. Sus muslos tensarse bajo la gabardina, en cada cambio de velocidad. Me daban ganas de sentir las fibras. Todavía la playa estaba desierta pero en unas horas comenzaría a poblarse. Niños que corren hacia el agua, cautivados por el descubrimiento de esas enormidades tan gentiles, parejas, seres que sacan fotos, algún lector solitario, familias que buscan el poco reparo de las dunas para un asadito dominguero. De repente la camioneta disminuye su velocidad y tuerce su trompa. Quedamos mirando el mar. -¿Viste algo? -pregunto. -No. Sólo tengo ganas de parar un rato.
Mi mano se movió hasta ubicarse en el borde de su asiento, cerca del doblez de su rodilla. Las suyas estaban enlazadas. Me miró con desconfianza, adivinando que era yo quien estaba por romper el pacto. Volvió su mirada a la espuma. Apoyé el dorso en su pierna, con la palma abierta. Él la tomó, con fuerza pero sin decir nada. Así nos quedamos un rato.
-Contame -le dije.
-¿Qué querés que te cuente?
-Lo que me contás siempre que venimos acá.
-¿Otra vez?
-Sí. Me encanta escucharte, tu voz, me embriagan tus historias.
-Un día te voy a emborrachar, pero de verdad -dijo mientras se reía, bajó un poco la música. -Mirá. ¿Las ves? Dos madres, con sus crías. Están muy cerca, apenas a unos treinta metros de la orilla. ¿Sabés por qué vienen acá? Si, sabés pero igual te cuento. Buscan estas aguas poco profundas para poder amamantar. Las crías son frágiles y pequeñas -dijo con un poco de sarcasmo- apenas cinco metros y tres toneladas al nacer. Y la madre busca la boca del pequeño para inyectarle la leche que es muy espesa, para que no se pierda en el agua. Esto es más fácil en aguas poco profundas, como éstas, y hace que podamos verlas tan de cerca.
Siguió hablando de la vida y el mar. Esas historias que había escuchado muchas veces antes, pero no me cansaban. Tampoco podíamos hablar de otras cosas. Así lo habíamos pactado. Pero yo no aguanté.
-Mañana a la noche sale mi ómnibus. Otra vez lo mismo. Cada vez que vuelvo a la ciudad me pierdo en el agobio de sueños oscuros. Me anestesio. Y me atrofio todos los días un poco. Hasta que vuelvo. Vos me confundís. Pero no puedo ahogarte.
Él apretó su mano y nuestros poros se fusionaron.
-Hace poco vi una película china -dijo- en una de las escenas había una mujer en cuclillas junto a una laguna. La rodeaba un bosque de bambú. Sus cabellos recorrían su cuerpo hasta sus pies, y ambos apenas tocaban el agua. La mujer cantaba y su canción hablaba del bosque. Decía que sus ramas eran especiales porque, llenas de sentimientos, esperaban que las toque el viento para soltarlos. -Y mirándome por primera vez en un rato largo, continuó -a veces somos como ese bosque, hasta que alguien nos toca.
-Sí. Una brisa que nos roza. Pero nos hiere y después se va. Y se lleva todo, hasta la ausencia -dije y solté su mano, estaba demasiado fría.
El viento empezó a soplar con más fuerza y al entrar por las rendijas, su grito calló nuestras voces. Él sólo arrancó la camioneta y volvió a concentrarse en lo suyo; la playa, los fantasmas varados y algunas anotaciones (incomprensibles para mí) en su cuaderno. En algún momento dijo: Tengo que volver a la Uni. Está bien, dije yo. Tuve frío, se dió cuenta, me alcanzó su campera. ¿Qué vas a hacer hasta mañana a la noche?, preguntó. No lo sé, dije. Supongo que ir a la biblioteca a terminar de juntar información. Escribir un poco, si puedo. Quizás la visite a Andrea. ¿Querés cenar esta noche?, preguntó. ¿Tiene sentido?, retruqué. No lo sé, dijo, algo vencido. Llegamos a mi hotel y la despedida de siempre. Nos vemos cuando nos veamos, dijo. ¡Mierda! ¿Por qué siempre lo mismo? Vos y tus ballenas de mierda y tus delfines de mierda y tu perro de mierda y tu casa de mierda, donde no hay lugar ni siquiera para mi tazón de café. Me largué a llorar como siempre, como cada vez que me dejaba en el hotel, como ante cada nos vemos cuando nos veamos. Él me abrazó, me corrió el pelo detrás de las orejas y me dio un beso, en la mejilla. Como siempre.
La mano, la pluma y lágrimas caen sobre la hoja. Un río de tinta, de sangre, de agua y de sal. La yema de mi dedo juega con las palabras húmedas, las va borrando. Hurgo, busco, y no encuentro. ¿Dónde está? Vuelvo para atrás en mi cuaderno, una, dos, cinco, nueve hojas. Y en todas lo mismo. Palabras borradas, finales tachados y la hoja cruzada con una raya, gruesa, diagonal. Vuelvo a la última, a la de hoy, pienso: Hoy sí, hoy lo voy a encontrar. Pasan las horas, pasan los cafés, algún tostado y varios intentos. El reloj que me dice que es hora de partir y yo, me resigno. Tomo mi lápiz de dibujo, el Nº6, y una vez más, despacio, trazo la diagonal, gruesa, a pulso firme. Cierro mi cuaderno, lo guardo en la mochila y voy desandando camino hacia la estación. El Rápido de la Estepa aguarda el momento de partir, busco mi lugar junto a la ventana, el omnibus arranca, toma la ruta. La noche me acobija en la certeza y pienso: La próxima vez, sin dudas, y en la próxima hoja.

Cartas y fotos


Supongo que estaría entre las cosas que archivé unos días después de su muerte. Pero cómo sobrevivió a tres mudanzas y un divorcio es un misterio. Una tarde, seguramente de domingo porque es cuando me invaden los fantasmas y me da por remover las aguas, se me ocurrió treparme hasta el último estante y bajar el bolsón de tela donde tenía guardadas un montón de fotos sueltas. Buscaba una en particular. Yo tendría un año y medio y estaba en la Piazza San Marco rodeada de palomas. ¿Mi recuerdo me traicionaba o en verdad tenía puesta una de esas correas especiales para que los chicos no se escapen? No encontré la foto, pero el sobre estaba ahí. Medio roto, tenía nombre y dirección en la clásica tipografía de una Remington, y un sello que decía “Mensajería Sarmiento. Expreso Rioplatense. Envíos Rápidos y Urgentes”. No estaba dirigido a mí, sino a ella. Pero decreté que los años de duelo me habilitaban para revisar su contenido.
Me tropezaron las manos al querer liberar lo que parecía ser un pilón de cartas. Cayeron fotos, recortes de diario, estampillas arrancadas. Y un pañuelo. Acaricié el relieve bordado en el lino pero no reconocí las iniciales. Una flor disecada se soltó de entre sus pliegues. Dejé las fotos como habían caído, y preferí empezar por una nota escrita a mano en 1966.
Anoche te llamé al número que me dejaste. Sin respuesta. ¿No te habrás equivocado? Quería invitarte a comer. Si pasás por Montevideo llamame. Espero volver en pocas semanas. Cariños. Daniel.
No recordé a nadie con ese nombre ni tampoco que ella lo hubiera mencionado. Debajo de la nota había tres cartas. Un aroma extraño se soltó del papel, se me ocurrió pensar que ése sería el olor del olvido. Desenfoqué un poquito la mirada y le di una primera recorrida a las letras escritas. Fechas, palabras, todo se desdibujaba en mi retina salvo tres elementos finales: siempre una “D”, un punto y una raya diagonal.
Querida Malaika, no he sabido nada de ti en casi un año. Ni siquiera sé en dónde estás. El día que te fuiste pensé que te vería si parabas al subir la loma. Pero miré, y nada. Hay tanto que no comprendo. ¿Cómo puede haber sucedido? Hay tantas contradicciones. En algún momento he pensado si tú no habrías hecho alguna tontería. Quiero creer que no. Porque así me lo dijiste. No puedo entender cómo un infeliz o un tonto –o ambos– puede tener la suerte de encontrar el oro al final del arcoiris y luego tirarlo por la borda. No he vuelto a Buenos Aires. ¿Qué sentido tendría? Mi principal motivo ha partido hacia lugares desconocidos. Me estoy volviendo cínico. Debe de ser la edad, o la frustración. A veces me pregunto qué estarás haciendo en ese preciso momento. Espero verte algún día. D./
La carta era de febrero de 1969, justo cuando yo cumplía un año, unos meses antes de aquella foto en la Piazza San Marco. Me pregunté qué querría decir Malaika, y hubiera sido fácil encontrarlo, pero preferí seguir con la siguiente carta.
Septiembre de 1970. Wapendwa, Malaika. Hoy llegué a las cinco y media de la mañana e intenté dormir, pero no pude. En ese rato en que estuve en la cama sentí tu presencia a mi lado. Dormías y la media luz temprana bañaba tu cuerpo. La vida en casa empeora día a día. ¿Será que he sido tan inmundo que merezco este desprecio? A veces quiero vender todo y mudarme de país. ¿Pero dónde, y para qué? He pensado en aquellas semanas de julio. Cuando te fuiste de Nairobi no fue lo mismo. Extraño la intimidad, el saber todo o casi todo el uno del otro. Espero que no sea una repetición más de aquello de “tout passe”. Un beso para ti. Mimi upenda wewe. D/.
Sentí que el silencio de las letras me mojaba los ojos. Era evidente que en ese año y tanto habían sucedido cosas, el tono era más íntimo. Me embriagaron esas palabras extrañas del final, pero sin entender ya sabía: tres palabras significan lo mismo en casi todas las lenguas.
PD: Te mandé un libro de África. ¿Lo recibiste? Ya sé que me pongo sentimental contigo, pero no lo puedo evitar. Y tampoco quiero.
África. Tantas veces me había contado acerca de aquellas extensiones náufragas, donde perduran las pasiones y los instintos. Yo cerraba los ojos y volaba con ella. Entre flamencos y lagunas. Me protegía contra el viento para que los rinocerontes no olfatearan nuestra presencia. Nos escondíamos para observar a los hipopótamos y nos reíamos al imaginarlos bostezar.
–Vos no te rías mucho –me decía– que con esa bocota que tenés te pareces bastante.
Y entonces yo hacía que bostezaba y ella se llevaba las dos manos al cuello y fingía ahogarse y volvíamos a reírnos como locas.
De golpe recordé el diario que había empezado a escribir en Hamburgo, unos días después de huir de Buenos Aires conmigo en brazos. Era un cuaderno de hojas lisas, forrado en una tela entramada color ocre. Páginas y páginas escritas en letra muy apretada. Yo nunca había querido ahondar demasiado en ese enjaretado de palabras y, por eso, nunca había encontrado información demasiado relevante, excepto algunos datos sobre primeras palabras y comidas favoritas. Y la explicación a los años de pesadillas recurrentes con unas mujeres horribles: eran las celadoras alemanas del Baby Hotel en el que me dejaba cuando desaparecía por días, a veces, semanas. Pero ahora era distinto. Busqué el diario en uno de los estantes de mi biblioteca, me preparé unos mates y volví a mi escritorio a perderme entre las líneas dibujadas por su pluma. Encontré lo que buscaba en agosto del ’70:
“He vuelto de viaje. Estuve dos meses afuera, visité ciudades y recorrí mucho territorio en buena compañía. Fui feliz dentro de lo posible. Pasé quince días en la atmósfera más paradisíaca en distintas partes de Kenya, cerca de la frontera con Tanzania. A veces me pregunto si soy corajuda, inconsciente o simplemente tan realista que con la lógica y la decisión disipo todo sentimentalismo. El día antes de irme firmé la primera parte de mi divorcio, y me fui creyendo que comenzaba la experiencia más importante y feliz de mi vida. Pero me he dado cuenta de cuál es la razón más fuerte que me hizo moverme, empacar mis valijas, ir de aeropuerto en aeropuerto. Escapismo. He estado escapando de mí misma toda la vida. Ahora me he arrinconado, aunque tal vez sea injusto. En fin, he decidido quedarme y enfrentar las cosas. Es la niña de mis sueños y hasta ahora he sido un poco carente, pero quiero ser una buena madre”.
Lágrimas mudas comenzaron a correr por mi cuello, como deseos inconclusos. Me esperaba una última carta aunque no estaba segura de poder aguantar más secretos, revelados como sales de plata en un cuarto oscuro. Sin embargo, un par de autómatas desplegaron el papel.
Octubre de 1970. Querida Malaika, te escribo desde Morando mientras el sol tajea el horizonte. La calma oscura del campo me da paz. Y desde aquella vez, en que casualmente nos encontramos en lo de Luisa hace cuatro años, he buscado esa paz y esa soledad para pensar en tí. Y llenarme de los breves encuentros que hemos tenido, como aquel despertar tuyo en el New Steeler. Te observaba desde hacía un rato, abriste un ojo, luego el otro, te estiraste. Hasta bostezaste y sonreíste. Luego te levantaste para buscar un cigarrillo, desnuda, tan natural, tan bella. No trato de engañarme y hago lo posible por dejar de pensar en ti, pero no lo logro. Quisiera que vengas a verme el jueves, necesitamos hablar porque está llegando la hora, presiento que es el momento. Quiero, realmente quiero, dejar de amarte sólo en blanco y negro. El sábado es el cumpleaños de Tomás y volaré hasta su finca, si es que terminan de arreglar mi Cessna y el tiempo me lo permite, ya que últimamente hay unas neblinas bagualas. Me encantaría que me acompañes, ya habrá tiempo. Te estaré esperando el jueves en el Pluna de las 11, como la última vez. Kubusu memsahib. D./
Años después de las palomas de San Marco, y ya en Buenos Aires, ella me había llevado al cine por primera vez. Era la historia de un cachorro huérfano de simba criado por una memsahib. Su marido era el daktari del pueblo y siempre lo saludaban con un “¡Jambo, Bwana!”. Fue mi película favorita durante muchos años.
Era evidente que quien tomó la foto estaba tirado en el piso y muy cerca. Seguramente fue tomada con un gran angular porque la cabeza del león parecía exageradamente grande. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. El cazador posaba invicto, sosteniendo su Springfield con mira telescópica. La otra foto fue tomada un poco más de lejos. Se veía a la pareja y, por detrás, la sabana y algunos arbustos. El cazador seguía de rodillas, en postura de gladiador victorioso. La mujer, de mirada incómoda, apoyaba su mano sobre la bestia dormida. El viento ondulaba la melena del león.
–¡Hipócritas de mierda! ¿Quién es el imbécil que está con ella? No. La imbécil soy yo, por crecer pensando que teníamos un secreto, que éramos cómplices, que África era nuestra.
Me asusté y volví a guardar las dos fotos en el sobre. Y entonces el recorte de diario se desprendió de algún lugar. Alcancé a leer “Muertos”. Y más pequeño, “sobre la Sierra de Oratorio”.
La cajita forrada en cuero de antílope.
Volví al epílogo de la última carta, que había dejado sin leer. Una nota escrita en lápiz, en letra pequeña, como de mujer. Era su letra. “Esta carta fue escrita el viernes 9 de octubre de 1970. El jueves 15 estuve en Montevideo y almorcé con Daniel. Llovía”.
La alfombra de cebra en el piso de su habitación.
“Después del almuerzo me acompañó al Cementerio de Paz a dejarle flores a mi abuelo. Me volví a Buenos Aires enseguida”.
El colmillo de marfil que servía de cortacigarros.
“El sábado 17, Daniel se mató cuando iba a la finca de su hijo Tomás. Su avioneta se estrelló sobre la Sierra de Oratorio. Viajaba con su mujer y un amigo.”
La cigarrera con tapa de plata que me producía entre fascinación y espanto porque, ahuecada por dentro, todavía conservaba por fuera algunos pelos y la textura de la piel del elefante bebé al que le habían cortado la pata para fabricarla.
“El domingo 18 volví al Cementerio de Paz en Montevideo”.
Todos esos objetos. Extraños. Exhibidos simbólicamente en distintos lugares de mi casa de niña no eran ni decorativos ni simples recuerdos de viaje. –Talismanes– me reveló el susurro de su voz.
“Aún estaban las flores que habíamos dejado”.
Aquel domingo, en Montevideo, mi madre había muerto por primera vez.